La paradoja de la resistencia: la ley que dice “a lo que te resistes, persiste”

Si hay alguna situación en tu vida que no te gusta (por ejemplo, el no tener pareja, no tener trabajo, o un trabajo que te hace muy infeliz,  que no estés a gusto con tu cuerpo…) lo que estás haciendo es ponerle resistencia. Es decir, le estás añadiendo energía cada vez que piensas lo mucho que te disgusta y deseas que cambie. Esto lo mantiene recreándose en tu experiencia, y pronto, es en todo lo que puedes pensar.

Tanto cuando queremos que las cosas cambien, las situaciones, las otras personas o incluso queremos que algo cambie en nosotros se cumple la ley de que a lo que te resistes persiste.

 

Nuestras mentes son máquinas de juzgar

Esto se debe básicamente a que nuestras mentes son máquinas de juzgar si algo es bueno o malo, correcto o incorrecto…

Nos centramos tanto en lo que no nos gusta que lo fortalecemos, le damos demasiada energía y crece. Por mucho que intentemos luchar, matarlo, hacer que desaparezca eso que nos desagrada, lo único que conseguimos es que se aferre a la existencia con uñas y dientes y que nos contraataque con más fuerza.

Por eso la situación que no aguantas cada vez se vuelve más insoportable. Eso que te irrita de tu pareja cada vez lo hace más, es que parece que lo haga fastidiarme, “mientras  más se lo digo más lo hace”.

Puedes actuar de manera radical y cortar la situación de golpe. Coger la puerta y salir por patas. Puedes herir de muerte a tu enemigo haciéndolo desaparecer de tu vida. Pero en este videojuego de la vida, el enemigo vuelve a aparecer cuando menos te lo esperas y vuelves a revivir la misma batalla.

La resistencia tiene muchas caras, desde la crítica descarnada, el echar la bronca, la queja, el chismorreo… todas son caras de la misma dañina moneda.

 

Tu peor enemigo: la autocrítica

¿Y qué haces cuando el enemigo está dentro de ti?¿Lo vas a matar también? No puedes alejarte de él. Cuando te miras en el espejo y te ves gorda, y te dices cruelmente “Menuda foca, no vas a cerrar de una puñetera vez esa boca”. O cuando te lías a manotazos con las molestas moscas de tus pensamientos negativos. O cuando al cometer un error te castigas o te insultas por lo torpe y tonto que eres… ¿Consigues algo con eso? Sí, que:

  • cada vez la imagen del espejo esté más distorsionada,
  • comas con más ansia.
  • los pensamientos destructivos se conviertan en enjambre de avispas en la colmena de mente y te aguijoneen con más violencia,
  • y que cada vez la cagues más a menudo y la líes más gorda.

¿Entonces qué podemos hacer para que las cosas cambien? La respuesta es simple pero no sencilla: dejar de juzgarlas y de enfocarnos en lo que no nos gusta.

Aquí te dejo el proceso que te ayudará a soltar tu resistencia y empezar a ser libre:

Primer paso: Utilizar el inmenso poder de la aceptación

Eso resulta complicado al principio porque es empezar a romper un hábito demasiado arraigado. Pero para poder arrancarlo de raíz, hemos de empezar a hacer algo nuevo y muy raro: ACEPTAR.

Cuando empiezas a observar la situación tal cómo es, y paras de desear que fuera diferente, la situación pierde su poder dominante sobre ti. Su aspecto problemático desaparece. Te sientes más ligero y empiezas a interactuar más amorosamente con tu vida y las personas en ella. Siendo consciente de lo que es, sin resistirte a ello, lo que estás haciendo es despertar tu elevada conciencia neutral. Y desde ese lugar de conciencia neutral, libre de juicio:

  • se abre la flor de tu auténtico poder,
  • tu habilidad resolutiva se expande y las soluciones llegan de manera instantánea.
  • Encuentras la fuerza para llevarlas a cabo.
  • Puedes ver más clara y compasivamente.
  • Ya no te dominan la culpa, la preocupación y el miedo.
  • El universo te apoya alisándote el camino y trayéndote oportunidades.

 

Segundo paso: tener mucha paciencia con uno mismo mientras aprendes este nuevo hábito

Como es un nuevo hábito al principio estaremos un poco torpes, nos va a costar, así que es importante no desesperarse y tener mucha paciencia con uno mismo. Tenemos que ser pacientes y tiernos con nosotros mismos en este proceso, como con el pequeño que se ha hecho pis encima porque está aprendiendo a dejar los pañales. De lo contrario volvemos al círculo vicioso de la crítica.

Si juzgamos algo, no nos machaquemos por haberlo hecho, porque entonces lo que hacemos es perpetuar el juicio. Hemos de observar sin juicio que hemos juzgado, aceptando que todavía estamos aprendiendo. Si no podemos evitar juzgarnos, entonces damos un paso atrás alejándonos y observamos sin juicio que nos hemos juzgado por haber juzgado.  Esto lo hacemos hasta que consigamos llegar a ese lugar de neutralidad, el lugar del observador imparcial que todos llevamos dentro y que normalmente no nos permitimos activar.

Desde allí podemos observar la realidad profunda de las cosas, su naturaleza de cambio constante, entonces permitimos que las cosas cambien por sí solas. Mientras no las aceptamos, estamos luchando contra ese cambio natural. Al resistirnos estamos parando con todas nuestras fuerzas esa maquinaria de cambio continuo del universo. Es cuando necesitamos una fuerza titánica para sostener el mundo sobre nuestros hombros.

 

Tercer paso: hacer uso del principio de libertad, la Responsabilidad Personal

Cuando observas las situaciones desde el observador neutral puedes ver la causa en ti, que es lo que realmente puedes cambiar de la situación. Es darte cuenta de lo que estás haciendo mal, lo que te está perjudicando y no juzgarte por ello. Desde allí puedes empezar a actuar en coherencia hacia lo que realmente quieres.

 

Cuando empezamos a aceptar las cosas le quitamos el poder que les dimos y lo recuperamos. Cuando retiramos nuestro dedo acusador y lo enfocamos en la dirección hacia donde queremos ir, empezamos a bailar con el universo, ya no nadamos contracorriente, nos dejamos llevar, fluyendo con la vida.

 

Y tú ¿has observado cuánto te quejas de tu vida?¿Vas a hacer algo al respecto?

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