Cómo salí del camino del sufrimiento

Desde siempre he sido una persona muy sensible. Ésto, claro, tiene sus ventajas e inconvenientes. Por un lado sientes con demasiada intensidad tus propias emociones y las de los que te rodean. Percibes muchos estímulos, que la mayoría ignoran, y eso a veces te abruma y estresa. Y piensas que hay algo en ti que está mal, muy mal.

Pero por otro lado esta sensibilidad te permite poder disfrutar intensamente de la belleza en todo. Tanto en lo grande como en lo diminuto, tanto de lo externo como de lo interno.

 

Alta sensibilidad

Desde pequeña he percibido y admirado la belleza que se oculta en el interior de las personas, la hermosa luz que emanan. Es como si algo de su verdadero ser se mostrara ante mí, por mucho que la persona lo ignore o intente enmascararlo. Y además a partir de esta admiración por la belleza del mundo, se despertó en mi un amor intenso hacia el arte y lo creativo.

Durante gran parte de mi vida lo he sentido como una carga. Mi autoestima estaba por los suelos, me volví muy susceptible y todos mis esfuerzos estaban en ser “normal”, hacer lo que los demás hacían, pensar como ellos… porque solo quería ser aceptada.

Intenté ocultar mi sensibilidad ahogándola y cerrándola a cal y canto. Me odiaba por ser tan débil, vulnerable y temerosa. Mientras más negaba mi sensibilidad, ésta se iba transformando en más sufrimiento.

Mi despertar

Empecé un camino de auto-reparación sin fin, intelectualizando todo lo que me pasaba pero por mucho que lo intentaba mi maldita sensibilidad seguía a flor de piel. Mi búsqueda se convirtió en un viaje interior en el que después de muchas vueltas descubrí que:

Cuando  aceptas tu “debilidad”, ésta se convierte en tu fortaleza

En cuanto abracé esta parte de mí y me rendí, empezó a florecer de nuevo mi creatividad, que había estado dormida tanto tiempo, esperando pacientemente. Y volví a escuchar a mi intuición, esa pobre incomprendida a la que había mandado a callar tantas veces.

Ya no podía seguir negando mi verdadera naturaleza. Aprendería a sacar brillo a mi diamante bruto, ese regalo que me había sido entregado. Ese don único que nos es dado a cada uno de nosotros cuando venimos a este mundo para brillar con nuestra luz singular e inimitable. Dejaría de lamerme las heridas y echar la culpa a los demás por mis problemas y por su incomprensión.

Sin vacilar un instante retomé el poder de mi vida, ese que hasta ese momento había dejado en manos de otros, a los que consideraba más capacitados que yo.

 

Aprender a manejar tu don

Comencé a ver que lo que me habían parecido castigos que la vida me imponía sólo eran enseñanza. Y que había sido mi resistencia a escuchar y a cambiar la que me había hecho sufrir. Al abrirme al aprendizaje y comprender lo que mostraban, automáticamente me fortalecía.

Las lágrimas ya no eran de tristeza sino de intensa felicidad por reencontrarme con mi diosa interior. Descubrí que mis emociones eran mi guía y que me avisaban cuando me estaba desviando de mi verdadera esencia. Puse límites para que sólo entrara dentro de mí aquello que yo deseara. Las emociones de los demás ya no me afectaban con tanta intensidad. Podía sentir su dolor sin que me doliera. Mi empatía se convirtió en compasión ante aquellos que no podían ver la cárcel en la que se habían atrincherado.

 

Superar el miedo a sufrir

Dejé de cerrar mi corazón para no sufrir y empecé a sentir intensamente. Entonces ocurrió el milagro, creció en mi el amor incondicional y una voluntad enorme de servir y ayudar a otros a encontrar su camino a la felicidad.  Ahora, aunque mi historia no sea la misma de esa persona que sufre, puedo sentir un amor inmenso por ella y comprenderla profundamente porque yo también he estado allí y puedo asegurarle que hay salida.

Se supone que cuando uno habla sobre si mismo lo hace sobre sus logros y éxitos y yo he hecho todo lo contrario, mostrando al desnudo mi vulnerabilidad. Así lo hago porque quiero mostrarte qué es lo que me ha movido a hacer lo que hago. Quiero recordarte que uno puede salir del agujero más negro y profundo. Todos tenemos ese poder, esa habilidad innata. No soy más especial que tú, ni he nacido con poderes extrasensoriales superiores que no puedas tener tú. Soy alguien muy normal, con mi luz y mi sombra. Pero a la vez especial y única, como tú.

El ser humano tiene una fuerza interior inmensa. No solo para sobrevivir sino para superar lo que se le ponga por delante. Es lo que le impulsa a levantarse y sobreponerse. Sólo necesita una cosa: un deseo intenso de hacerlo.

Ha sido un camino largo, pero estoy disfrutando del proceso. He ido recogiendo perlas en cada tramo de este viaje, y tengo ya varios sacos llenos que quiero compartir contigo. He bebido de diferentes fuentes, he escuchado a diversos maestros, y me he dado cuenta de algo, que todos ellos me estaban diciendo lo mismo con diferentes palabras: todos me han estado guiando hacia mi maestra interior.

Estamos viviendo momentos de intensos cambios. Me siento muy feliz de ver que cada vez hay más personas que están despertando, que están asumiendo la responsabilidad sobre sus vidas. Hartos de interpretar papeles que no les gustan quieren empezar a ser los protagonistas de su vida. Por fin empiezan a permitirse ser ellos mismos. Desean vivir más intensamente, de manera consciente y feliz.

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