¡Por fin llega la última entrega de la serie sobre la compasión! En el primer artículo vimos cómo puede mejorar nuestra vida cuando vivimos desde la compasión. El segundo nos mostró la manera de ser compasivos con nosotros mismos para poder serlo con los demás. En el tercero nos enfrentamos al gran reto de ser compasivos con los que nos atacan o dañan de alguna manera.

Y para hoy dejamos el caso que nos viene más habitualmente a la cabeza cuando hablamos de compasión: la compasión con los que sufren. Y cómo no caer en la pena o la negatividad, ni llevarnos su dolor a cuestas.

El peligro de ser demasiado empático

Si eres una persona muy empática tienes que aprender a manejar esa empatía de forma empoderadora. Especialmente cuando te encuentres con personas que están sufriendo, que te piden ayuda o que necesitan desahogarse contigo de sus problemas.

La forma más empoderadora de empatía es la compasión. La empatía mal gestionada está relacionada con un problema de límites. Es cuando sientes el dolor del otro como si fuera tuyo. O cuando piensas de manera irracional que eres responsable del malestar del otro, que tienes que remediarlo y que si no lo haces eres «una mala persona». Y cuando intentas ayudar, lo haces desde el miedo a enganchar algo de su «energía negativa». Te baja tu vibración, te encuentras mal, agotado, disgustado y sin fuerzas.

Sé de lo que hablo, porque lo he padecido personalmente. Hasta que no aprendí a manejar mi empatía desde la compasión, absorbía todo como una esponja y me sentía responsable. Incluso culpable del malestar de los otros. Y tenía que hacer lo que fuera para poder aliviar mi propio dolor al percibir el sufrimiento del otro.

La mejor manera de ayudar es mantener tu vibración alta

Cuando estás conectado desde la compasión, aunque percibes el dolor ajeno, no te quedas sólo ahí. Eres capaz de atravesar ese dolor y conectar con la persona a un nivel más profundo. Desde ahí no te duele, no te afecta. No porque no te importe, sí que te importa y deseas lo mejor para el otro. Pero tu objetivo es mantener una vibración elevada ante su presencia. Es la única manera en la que le puedes ayudar de verdad y no dañarte a ti mismo mientras lo haces. Vibras en la elevada frecuencia de amor de la compasión, el mejor escudo de protección que existe.

Desde ahí puedes ver al otro como a un ser humano que está pasando un proceso, que está sufriendo, pero que también está teniendo un aprendizaje. Puedes también percibir su miedo y su resistencia hacia el cambio. El cambio que le está pidiendo que haga la lección que está viviendo. Y lo que haces tú desde la compasión es estar emanando esa energía de alta vibración hacia la otra persona para que suba también la suya. Al subir su vibración se eleva su nivel de conciencia y es más probable que pueda comprender la enseñanza. De esa manera puede salir de la perspectiva tan cerrada que le atrapaba y que no le permitía ver más que el problema, no las soluciones. Pero es cuestión del otro que decida aceptar subir su vibración, querer ver las cosas desde otra perspectiva más amplia y atreverse a cambiar. Nada de eso es tu responsabilidad.

¿Puedes enganchar energías negativas de otros?

Para empezar voy a aclarar que no existe la energía negativa o positiva tal cómo lo entendemos nosotros. No hay buenas o malas energías, sino sólo energías de diferente vibración. Lo que entendemos como energías negativas son energías más densas y las positivas más sutiles.

Cuando una persona está sufriendo, está vibrando en una frecuencia baja, su energía es más densa, al igual que lo son sus pensamientos y emociones. Mientras está en el sufrimiento su nivel de conciencia  también está más bajo. Por eso cuando estamos mal nos cuesta pensar con claridad y encontrar soluciones.

Cuando nos encontramos con una persona que sufre (está vibrando denso), si hay densidad en nosotros se activará. Es decir, que si tenemos en nosotros pensamientos, heridas emocionales o patrones que están vibrando a la misma frecuencia que esa persona, se nos despertarán. Pero no hay que asustarse, eso ya estaba en ti antes, sólo se ha activado gracias a ese encuentro, para que tomaras conciencia y lo soluciones. Ningún encuentro es fortuito. Esa persona ha aparecido en tu realidad para cumplir un propósito: ayudarte a que te des cuenta de algo. Es el mismo motivo por el que tú apareces en su realidad. Es algo que os puede beneficiar mutuamente si ambos sois conscientes de ello.

¿Desde dónde vibras? ¿desde el miedo o desde la compasión?

Hay personas angustiadas con este tema, porque suelen enganchar fácilmente la energía negativa de los demás. Y luego no saben cómo quitársela. Conozco terapeutas experimentados que se quejan de que no pueden hacer más de ciertas sesiones a la semana porque acaban destrozados. Hasta se plantean dejarlo porque están cansados de enganchar bichos (entidades energéticas que te absorben la energía). Se encuentran fatal y después de algunas sesiones tienen que meterse en la cama hasta recuperarse.

Desde mi punto de vista el problema de fondo es que vibran en la frecuencia del miedo. Tienen tanto miedo de enganchar energías negativas que es eso mismo lo que atraen a su realidad. Alimentan sus miedos con más miedos y te dicen «ves cómo tengo razón, no paro de enganchar bichos» . Y no se equivocan, la realidad no puede más que darnos la razón.

Mientras no se abran a la posibilidad de que se trate de otra cosa y quieran enfrentar ese miedo, por muchas limpiezas energéticas, por muchas protecciones que se hagan, van a seguir enganchando de todo y sufriendo sin necesidad.

Considero también que dentro de las personas empáticas (muchas de las cuáles son sanadores) hay quienes son limpiadoras de energía. Los limpiadores absorben la energía densa del otro y la reciclan. Algunos hasta vomitan. Es lo que hacen los chamanes. Se prestan como canal de expulsión de esa energía y la devuelven renovada. Pero claro, para eso tienes que ser consciente de ello. Si no lo eres, simplemente la absorbes y te la quedas para ti.

¿Sueles pillar bichos energéticos?

No voy a discutir que no sea cierto que no puedas pillar bichos o energía negativa de otros. Pero recuerda que si eso es lo crees eso es lo que creas. Yo decido no creerlo.

Sé que esto puede levantar ampollas, porque hay mucha gente que le ha dado poder a esta creencia de que hay entidades malvadas que se alimentan de nuestro sufrimiento y nos chupan hasta dejarnos secos. Y como hay tanta gente que cree en ello al final ha tomado vida para todos aquellos que están dispuestos a creerlo. Desde mi humilde opinión considero que si existen esa entidades no tienen porque ser malvadas. Incluso aunque se alimenten de la energía densa de nuestro sufrimiento. ¿No nos alimentamos nosotros para obtener energía de las plantas o animales, del agua y del aire? ¿Acaso no son otras formas de energía también?

Un insecticida natural para los bichos energéticos

La solución para no atraerlas tiene dos componente:

  1. Decidir conscientemente no creer en ellos, no alimentarlos con nuestros miedos. Y si no podemos evitar creer que existen, cuando aparezcan decidamos confiar que lo hacen para ayudarnos. Que son aliados en nuestro proceso de crecimiento.
  2. Que el objetivo primordial sea mantener una alta vibración:
    •  escogiendo conscientemente dónde ponemos la atención,
    • desde dónde hacemos lo que hacemos,
    • a qué pensamientos y creencias damos fuerza
    • y qué emociones queremos activar.

Cuando te conectas desde la compasión, te nutres y no tienes miedo de enganchar nada. Incluso si algo se te engancha porque no has podido mantenerte constante en esa vibración, te has despistado en algún momento, no te alarmas. Eres consciente de que lo único que ocurre es que ha resonado con algo que ya estaba en ti. Y te recuerda que lo tienes todavía pendiente de liberar. Si lo observas así, es algo positivo, algo que te ayuda. No es algo de lo que te tengas que proteger. Todo nos hace más fuertes. No nos pongamos en la frecuencia del miedo y del juicio (que no deja de ser otra cara del miedo) que son energías de muy baja vibración.

Activar la compasión en su máxima expresión

La potencia de la energía de compasión es tan fuerte, que cuando estamos muy presentes y la tenemos muy activada podemos llegar a ayudar al otro con nuestra sola presencia o con un abrazo verdadero.  ¿Te suena Amma? Esta mujer es conocida en todo el mundo por su amor y compasión desinteresados. Ha dedicado su vida a aliviar el dolor de los que sufren física y emocionalmente. Ella inspira, eleva y transforma con su abrazo físico. Claro que no hace falta llegar a ese nivel, pero si nos lo propusiéramos de verdad, todos seríamos capaces de ello.

Desde ese estado no es necesario ni hablar, emanamos amor por todos nuestros poros. Es de tan alta vibración, que si lo cultivas y es estable en ti, nada puede con ello. Es el nivel más elevado de la energía de compasión. Es el nivel transformador y purificador en el que decides conscientemente absorber el dolor del otro para entregarlo a la tierra. Ella lo recicle y te lo devuelve en forma de energía sutil (o sami como la llaman los Queros).
Es el mismo ejercicio que se hace en Mindfulness en el que inspiras el dolor del otro y exhalas amor.  Es lo que se hace en Reiki, cuando entregas ese dolor a la tierra para su reciclaje y al sol para que ponga la luz de la conciencia en esa sombra. En ese renovar tú también sales limpio y recargado.
Hay grupos de meditadores que van a lugares donde ha habido mucho sufrimiento (una zona de guerra, un puente en el que la gente se suicida, hospitales …) a limpiar la energía de dolor, conectándose con la energía de compasión.

Comprender el juego de la vida

Desde la compasión puedes ver que cada uno estamos en nuestro propio proceso de evolución. Que venimos a la vida a experimentar algo de una manera muy particular, nuestra única e intransferible experiencia de vida. Y tenemos que pasar por nuestras propias pruebas.

Me gusta ver esta realidad que compartimos como ese juego del laberinto en el que todos tenemos que llegar al centro, ahí está la salida. La salida está en la conexión con nuestro verdadero ser, nuestra esencial primordial. Cada uno empezamos ese camino desde diferentes puntos de laberinto. Tenemos que superar distintos obstáculos. Y cada participante trae herramientas y habilidades únicas para sortearlos. En esa aventura cada uno lo hace lo mejor que sabe y puede, utilizando su ingenio, levantándose después de cada caída y recuperándose de las heridas.

En el laberinto hay distribuidas diversas trampas mentales en las que podemos quedarnos atrapados. Cuando observes a alguien que ha caído en una de ellas hazlo desde las gafas de la compasión. Verás cómo intenta escapar sin encontrar la salida. Percibirás su frustración, su rabia, su miedo, su desesperación…

Algunos intuimos, en contra de lo que piensa la mayoría, que la salida del laberinto está en el centro. Pero muchos tiran para fuera, buscándola hacia el exterior. Pero cada vez se pierden más en el laberinto de la vida.

La compasión te permite ver la verdad

Cuando observas al otro desde los ojos del corazón, que se abren desde la compasión. puedes ver a la vez su luz, la herida oculta bajo una máscara y la trampa en la que ha caído.

Cuando te olvidas de eso, lo observas desde la mente, desde tus propios miedos y heridas pendiente de sanar. Entonces dejas que el dolor del otro apuñale a tu niño herido, y este se rebela o se hunde más en las tinieblas. Cuando nos relacionamos inconscientemente (sin activar la compasión), empezamos a proyectar nuestros miedos, nuestras películas mentales y nuestras sombras los unos sobre los otros. Así no somos capaces de vernos de verdad, tras esa maraña de porquería que hemos erigido en el medio.

Desde la compasión, es tu verdadero ser que te muestra el auténtico ser del otro, su verdad. Lo puedes ver todo más claro, más simple, sin el velo de las proyecciones. Desde ahí no te afecta el dolor del otro porque sabes que él solo puede salvarse, aunque ahora mismo no lo sepa. Tú puedes iluminarle con tu amor para que sea capaz de verlo más fácilmente. Pero es el otro el que de verdad tiene que querer salir del pozo. Tiene que querer elevar la mano para que tú la cojas y le ayudes a salir. Pero no puede dejarse colgando de ti. Tiene que darse impulso. No puedes hacer todo el esfuerzo tú. Si te agotas o te hundes en la pena te bajan las fuerzas y te caes tú también en el pozo.

Nuestra naturaleza es compasiva

La compasión no se fuerza, es algo intrínseco de nuestra naturaleza humana. No hay más que verlo en los niños pequeños. Cuando un niño llora el otro va a darle su chupete. Sale como un impulso natural de sus pequeños y puros corazones. Nace de nosotros el querer evitar el dolor en el otro. Somos seres compasivos por naturaleza.

Cuando te quitas los miedos, si estás junto a alguien que está mal, tu mano se pone sola sobre su hombro. Le tocas sin pensarlo, porque tu cuerpo sabe que el otro necesita ese contacto o ese abrazo. No puedes tener miedo de que en ese abrazo te vayas a llevar algo de la mierda del otro. Tienes que estar dispuesto a meterte en el barro y ensuciarte para sacar al que quiere salir y no puede.

Cuando no es tan fácil ser compasivo

Hay momentos que es más fácil porque estamos fuertes y el otro nos despierta los mejores sentimientos, saca lo mejor de nosotros. Pero otras veces está soltando veneno por todos los lados, o nosotros estamos cansados, estresados, tenemos problemas o estamos de mal humor. Por eso es importante procurar cuidar nuestra vibración para que no resulte complicado conectarnos enseguida con la compasión. Y desear activarla conscientemente cuando no estemos vibrando en ella.

En conclusión

La compasión no sólo ayuda al otro. Nos nutre, mejora nuestras relaciones, tanto en la pareja, en la familia, con nuestros hijos, con amigos e incluso en el trabajo. Todas se vuelven más amables, más auténticas.

Saca al dios o a la diosa compasiva de tu interior y permítete ser amor puro embotellado en tu presencia.

Uuffff! Creo que de momento ya hemos reflexionado bastante por ahora sobre la compasión. Si me despisto acabo escribiendo un libro.

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Como siempre, tus dudas, reflexiones y experiencias nos enriquecen a todos. Así que si te sientes inspirado a hacerlo, ahora es el momento, en los comentarios tienes tu espacio.

Nos vemos en la siguiente entrega. ¡Hasta muy pronto!

¡Un gran abrazo!

Raquel

 

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